sábado, 1 de mayo de 2021

Examen C2

 

La semana pasada me presenté al examen C2 de alemán en el Goethe Institut. Este es el único lugar en el que se puede realizar la prueba, que consta de cuatro módulos: hablar, leer, escribir y escuchar. Fue un examen muy largo que empezó a las 8:30 de la mañana y que acabó a las 16:20 de la tarde, aunque con pausas. Salí relativamente satisfecha, aunque con dudas sobre los módulos escuchar y leer. Ambos constaban de varias audiciones y textos con preguntas; uno de los textos era complejo y las preguntas correspondientes enrevesadas (sobre la confianza, el confiar, la desconfianza, el fiarse, la fiabilidad...). Uno de los audios era también enrevesado, pero me alegro de que ya haya pasado. Los candidatos teníamos que estar permanentemente con mascarilla, presentar un test negativo de Coronavirus de máximo 48 horas de antigüedad, mantener distancia, etc. Lo mejor es que si uno de los módulos se ha suspendido, se puede repetir solo ese módulo (pagando, obviamente).

En cuatro semanas llegarán los resultados a casa. Ya tengo ganas.


lunes, 29 de marzo de 2021

Juguemos

 

Juguemos al lenguaje,
encajemos las piezas rojas, verdes, amarillas,
usemos las palabras para arrojar piedras, con cariño,
a eso que simplemente brilla.

El lenguaje y la sonrisa como estudio filosófico,
profesores con monóculo dibujando mariposas.
En toda lógica hay siempre sentado un niño
que se columpia.

Juguemos al lenguaje sin decir nada,
clavemos nuestros clavos en silencio,
encestemos y sigamos camino.

 

jueves, 25 de marzo de 2021

Voz sagrada

 

A esa niebla, a esa niebla quiero yo cantarle,
lo indefinido que se aparece entre los ojos,
el puente roto que dice cruza,
voz del abismo, amiga eterna
venida de la habitación de las paredes blancas.
Tu eco es el perfume,
voz ausente de explosiones en permanente traslado,
barco al que te subes o no, siempre en movimiento,
corriente de velos, escalera,
tumbarse boca arriba y caer en el olvido,
dejar la hélice correr y practicar
el gusto de los gustos: escuchar.


miércoles, 24 de marzo de 2021

Idiomas



Torcida, torcida por el alma del idioma,
contrahecha por una gramática que cuadra demasiado,
las letras como heridas al ritmo del latido.
Ay, aire del acento,
escrutinio de las frases hechas.
Lo que sabemos es que el alma se transforma,
ay mi mosntruo cuando cambio de lenguaje.

martes, 23 de marzo de 2021

Unidad

 

Los ojos atraviesan una grieta en la madera,
despeinan el polvo acumulado en la cavidad de la luz,
se esconden de nuevo como escobas fingiendo una tarea,
la tarea de conocer y esquivar lo conocido
que es el mundo cuando descansa sobre un sofá dorado
de una sola plaza, un mundo sumergido en la obesidad y la abundancia
propia de un Buda, tejiendo con los ríos el agua que bebemos,
trenza líquida, entresijo de lo que sucede y la fantasía del futuro
mientras el ganador y las víctimas dan servicio al mismo credo.

Eso que lanzas al cielo, eso que adivinas,
lo sospechado al otro lado de la puerta
se desliza sobre un cuerpo inocente que se ducha;
el agua ya lamió cortezas de montañas donde murieron escaladores
buscando algo en el cielo y huyendo de la tierra.
La masa del mundo, alquitrán creador y destructor,
comestible como todo pensamiento y acto sin hacer diferencias,
está en ti, está en mí, no se disuelve,
la Diferencia es una burbuja que reventó hace mucho tiempo
en cualquier lugar, quizá en las bacanales que celebran los elefantes,
pero ya no existe: mirar es un ejercicio inútil.

Los ojos desaparecen soplados como velas,
se acumulan como las marcas viejas de un collar roto,
son, a veces, el estigma que pasa de mano en mano
con un antiguo y ridículo orgullo: el de servir para algo.
Pero aquí, en este mundo, no hay otro lado,
solo hay esto,
la plataforma del Ver convertida en un suspiro
el ser inmenso diluido en los objetos.


sábado, 27 de febrero de 2021

Te quiero y te admiro

 

¿Se debería estar siempre cerca de los hijos -aunque estos ya sean jóvenes o adultos- cuando están pasando por una situación difícil o una enfermedad? Si y no. Es decir, la mayoría de la gente respondería que sí, y yo misma hasta hace poco tenía también esa opinión. No por apego o porque piense que los hijos son algo nuestro para toda la vida, tampoco por responsabilidad -pues a ciertas edades ya son ellos responsables de sí mismos-, sino porque sé que, cuando un ser humano vive algo difícil, siempre es preferible vivirlo acompañado. Pero, si en una determinada situación esa compañía no es posible por los motivos que sean, tampoco se hundirá el mundo. Al contrario. La distancia puede ser una ocasión para que el sentimiento de admiración se despierte en uno, me refiero a la admiración de los padres por los hijos. 

Generalmente a los hijos se les quiere como a seres humanos, pero no se tiene la posibilidad de admirarlos porque, al estar ellos siempre bajo la protección de uno como padre o madre, al tenerlos siempre "bajo el ala", al ser uno siempre parte protagonista de su vida y de los acontecimientos de esa vida en forma de apoyo, compañía, sostén, impulso, etc., no se tiene la distancia y el margen suficiente que es necesario para poder admirar. Pero cuando un hijo en la distancia es capaz de superar él solo -o en companía de otras personas, pero sin uno- un problema, una enfermedad, una situación difícil, entonces se puede producir eso, la admiración. Tú no estabas allí, tú no has sido parte de su éxito y, sin embargo, el éxito está ahí. Y creo que el verdadero amor hacia otro ser humano, ya sea hijo, amigo, hermano, pareja, etc. está incompleto sin ese componente maravilloso que es la admiración. 

Entonces, a partir de ese momento, al final de los emails ya no se escribirá solo "te quiero", sino que se escribirá: "te quiero y te admiro".   


martes, 16 de febrero de 2021

Doce kilómetros

 

Hoy, a las dos de la tarde, después de haber hecho otra entrevista de trabajo online (esta, por suerte, mejor que la anterior), decidí ir a la ciudad para enviar un par de cosas por Correo que tenía pendientes. Había quince centímetros de nieve, pero me puse las botas de plástico y salí caminando. 

La ciudad se encuentra a seis kilómetros de distancia por un camino a través del campo, o a nueve kilómetros por la carretera. Obviamente me decidí por el campo. Ya saliendo del pueblo, comencé a ver las impresionantes llanuras blancas a mi alrededor: todo lo que normalmente es verde estaba cubierto por esa capa neutra y silenciosa que tanta paz ofrece. Y, en el camino, las huellas de los animales. No me crucé con ninguna persona caminando, ni en coche ni en bici, pero sí con dos o tres ciervos que salieron aterrorizados y con muchas liebres. Ahora, en la nieve, se puede ver la longitud de sus saltos con mucha claridad: la de las liebres, un metro por lo menos entre huella y huella; las huellas de los ciervos, algunas y en muy diferentes lugares, tenían una ligera mancha de sangre, quizá debido a pequeñas heridas que se hacen al correr.

Al regreso estaba realmente cansada, notaba las piernas temblorosas por el excesivo ejercicio y sentía algo de frío. El camino, desierto y largo, envuelto en niebla y sin un final claro, me dio un poco de angustia. Pero de pronto fui muy consciente de que ese es nuestro verdadero lugar, la naturaleza y no la silla frente al ordenador. Yo, como un animalito más, hacía mi recorrido y cumplía afanosa con mis tareas. Ya al final, a lo lejos, vi los primeros coches aparcados del pueblo y me sentí feliz. 

Dos horas y media para una ruta que, ida y vuelta, no dura más de media hora en coche. Pero dos horas y media de sentimientos agradables. 

 

 



martes, 9 de febrero de 2021

Antes del desayuno

 

Hoy, la nieve y los -12 grados de temperatura no han impedido que salga a podar un arbolito que ayer había dejado a la mitad. Las ramas caían sobre la nieve y parecían hundirse en ella como en un colchón de algodón, y allí se quedarán hasta que se pueda circular con la carretilla para transportarlas a su lugar adecuado. Es impresionante cómo se acostumbra el cuerpo al frío. Solo al final sentí molestias en los huesos de los dedos, que me dolían por no llevar los guantes adecuados. Cuando casi había terminado, la calle desierta cambió de aspecto: la señora de la guardería llegó paseando con cuatro niños enfundados en anoraks de colores, dos de ellos subidos a un trineo. Bromeamos sobre sus naricitas y sus mofletes rojos y entré a desayunar con la sensación de tener los pulmones más limpios.


miércoles, 3 de febrero de 2021

El cráneo

 

El cráneo, qué gran invento. La Naturaleza nos ha colocado un casco en la cabeza que se puede llevar a todas horas y que protege al cerebro -la parte más delicada- de los golpes y los accidentes. Si eso no es inteligencia, no se cómo puede llamarse. Pero la Naturaleza no calculó que ese casco iba a ser insuficiente porque no podía tener conocimiento de que fuera a existir algo llamado "motocicletas". El ser humano, copiándola de alguna manera, inventó los cascos que vemos en la cabeza de los motoristas.

Pero el cráneo es un ejemplo entre millones de esa inteligencia, y quien dice el cráneo dice las manos, la lluvia, el día y la noche, la germinación de las semillas... ¿No son estas pruebas suficientes para confiar en que todos los acontecimientos de nuestra vida tienen también un sentido? 

Si confiamos en la Naturaleza estaremos siempre en el camino correcto.


sábado, 30 de enero de 2021

Descensos

 

Cuando la temperatura sube y las capas de nieve acumuladas sobre el tejado empiezan a aflojarse, se deslizan por la inclinación hasta caer al suelo. Desde el dormitorio, muchas noches puedo escuchar ese ruido fuerte y repentino sobre mi cabeza en medio del absoluto silencio, que para mí es el mismo ruido que haría un niño al tirarse por un tobogán. A veces me despierta y, lejos de asustarme, tengo la agradable sensación de que la naturaleza también juega, de que está viva.


martes, 26 de enero de 2021

Catastrófica entrevista

 

Esta ha sido la primera vez, y espero que la última, que he llorado después de una entrevista de trabajo. La entrevista era para dar clase de "Humanistische Lebenskunde" (Ciencia de la vida humanística), una asignatura que, en algunas escuelas e institutos privados, es la alternativa a Religión (en las públicas y algunas privadas es "Etica"). Cuando leí el perfil que buscaban, pensé que encajaba muy bien conmigo y mandé mi currículum y la carta de presentación. La entrevista era hoy por Zoom y ha sido una catástrofe.

Los evaluadores eran dos hombres y una mujer que, tras presentarse, hicieron la primera pregunta: cómo había encontrado el anuncio, etc. La segunda pregunta, aunque se disculparon por ser esta algo privada, era si practicaba alguna religión. Yo dije que no, que me interesaban todas las religiones y que de todas había estudiado un poco, pero que no era confesional. Pero se ve que eso no les bastó, que querían ir más a lo profundo, y me preguntaron que qué me consideraba yo, si "religiosa o espiritual". Yo respondí que, si tenía que elegir, me consideraba más espiritual, en el sentido de estar interesada en el espíritu, en el sentido de hacerme preguntas sobre la vida y la muerte, el tiempo, etc. En fin, todo lo que tiene que ver con la conciencia, vaya. Pero eso tampoco pareció ser suficiente, y vino la tercera pregunta, que fue qué respuesta le daría a un niño que pregunta qué hay después de la muerte. Mi respuesta fue: "Yo le diría que nadie tiene una respuesta para eso, porque nadie sabe qué hay tras la muerte; le diría que cada uno debe buscar esa respuesta por sí mismo y que nunca va a haber una sola respuesta". Y aquí mencioné a Unamuno.

Entonces, en ese momento, uno de los hombres dijo que les perdonara un momento, que iban a hacer una pausa y que volvían enseguida. Y bien, la pantalla se puso en blanco y tres minutos después aparecieron de nuevo y me dijeron que pensaban que mi perfil no encajaba con ese puesto, porque en esa asignatura, los padres quieren que sus hijos reciban una enseñanza aconfesional, sin ningún tipo de creencias, etc. Yo estaba sorprendida y no lo oculté, les dije que no me gustaría despedirme sin comprenderlo, que no lo entendía muy bien. Es decir, ¿que yo no encajaba por considerarme espiritual? Les dije muy educadamente que yo creía que todos los seres humanos eran espirituales en tanto que tienen un espíritu, una conciencia, y en tanto que se hacen preguntas sobre la vida. Eso no es ser confesional o practicar una religión, y que si alguien no se hiciera esas preguntas sería una máquina o algo semejante (por suerte no hay nadie que no se haga esas preguntas). Que yo no podía contestarle a un niño que no hay nada tras la muerte porque es algo que nadie sabe, y que otra respuesta me parecería una respuesta demasiado radical. Les pregunté cuál sería la respuesta correcta o el candidato ideal para ellos, y dijeron que la respuesta sería que cuando el cuerpo muere se acaba la vida y no hay nada más. Yo dije que eso nadie podía saberlo, y uno de ellos incluso sacó a Kant a relucir y dijo que sí, que ese era el pensamiento de Kant, pero que en su asignatura necesitaban a alguien que no tuviera creencias en algo más allá de lo real, que lo transcendental no tenía cabida, y bla, bla, bla. Vaya con los humanistas.

La verdad es que me quedé horrorizada. Creo que, curiosamente, es la entrevista menos humanista que he tenido en mi vida. Ellos se disculparon porque sabían que la pregunta que habían planteado era muy personal, no muy apropiada para una entrevista de trabajo, pero que en esa asignatura era de vital importancia. Y sí, lo entiendo, pero uno se siente de alguna manera discriminado por su modo de ser y de pensar. Y lo está, qué demonios. Supongo que la respuesta correcta a qué me consideraba yo, si religiosa o espiritual, hubiera sido: ninguna de las dos. Pero no es verdad. Y la gente que dice no ser espiritual me da un poco de miedo, sinceramente. 

Despues he pensado que el concepto de espiritualidad en alemán quizá sea otro, y buscándolo vi que está más vinculado a la creencia religiosa, cuando en español tiene también el sentido general de conciencia, de búsqueda, etc. Pero, en cualquier caso, hubiera bastado con aclarar que en su asignatura había que dejar de lado la espiritualidad. Pero también es cierto que muchas veces la espiritualidad, aunque no se exprese con palabras, se destila, se transmite, se desprende de uno aunque se trate de evitar. Quizá hayan pensado así, y me puedo imaginar que lo mismo han tenido alguna vez quejas por parte de padres ateos radicales (que hay muchos) contra profesores que "meten a sus hijos ideas raras en la cabeza".

En fin. Con todo, me hubiera parecido más razonable que me rechazaran por mi acento que por esto. Pero ya habrá otras oportunidades. Por suerte, la asignatura de Ética no plantea estos dilemas ni estas exigencias. Y, qué demonios, yo me considero religiosa y me considero espiritual. Y con todas las letras.

 

 

domingo, 24 de enero de 2021

Hojas secas

 

A quién podría preocuparle que un pequeño espacio de tierra con césped, en un pueblo anónimo y lejano de Alemania, esté cubierto por hojas secas o no lo esté? Creo que a nadie. Pero mientras barro, amontono  y recojo las hojas, mientras libero al césped que está debajo para que respire y reciba la luz del sol, siento que hago algo necesario y lleno de sentido. Es bonito barrer, amontonar hojas y liberar al césped mientras otras personas construyen casas o toman posesión de su cargo de Presidente.   


miércoles, 20 de enero de 2021

Entrevista

 

Después de haber recibido el reconocimiento oficial de los títulos académicos por parte del Ministerio -y su traducción- y tras haber terminado el curso C2 de alemán con mascarilla y con el viento frío de Diciembre entrando por las ventanas del aula, tendré el próximo martes mi primera entrevista de trabajo para ser profesora de Ética (su equivalente). Será online por la cosa del virus, ya que aquí seguimos con todo cerrado. Al principio tenía miedo por el idioma, por cometer fallos a causa de los nervios, pero después he buscado en Internet el nombre de los tres evaluadores -he visto sus caras- y me he sentido más tranquila. Es impresionante lo mucho que eso me ha ayudado. Antes eran tres fantasmas, tres rostros oscuros y críticos, y ahora son tres rostros que transmiten humanidad y comprensión. En sus ojos he sido capaz de ver cierta hermandad, algo de mí en ellos, y algo de ellos en mí. Yo ya he dialogado con esas tres personas a mi manera antes del martes, así que ya solo tengo que dejar salir lo mejor que pueda haber en este ser, no ocultar mi verdadera historia, y que suceda lo que tenga que suceder. 

Me voy a obligar a disfrutar la experiencia.


viernes, 1 de enero de 2021

2021

 

El primer día del 2021 ha amanecido con una copiosa nevada que cubría los árboles, los tejados y las calles. A las nueve todavía nevaba, los copos eran redondos y gruesos y podía escucharse el sonido constante y tranquilizador que se escucha cuando nieva. Para mí ha sido un gran regalo. Nunca he sabido por qué, pero este fenómeno meteorológico me llena de energía y de entusiasmo, como si representara la certificación de que todo funciona bien allí arriba. A pesar del frío, no he podido evitar cumplir con mi rutina diaria de hacer algo en el jardín, algo por la Naturaleza, porque lo siento de algún modo como un deber. He cortado una gran superficie de plantas secas, plantas con los tallos rígidos y hacia arriba que el invierno había teñido de un color marrón oscuro, siempre con cuidado de no arrancar las raíces. En la primavera volverán a crecer de nuevo, verdes y luminosas, y se llenarán de flores. Mientras, mi pelo se iba cubriendo de blanco y, al verme reflejada en el cristal de la puerta, me sentí de pronto como una novia.

Feliz Año Nuevo a todos. 



viernes, 25 de diciembre de 2020

Feliz Navidad


En este día de Navidad un poco atípico -además de frío y húmedo- me he levantado con ganas de hacer algo por la Naturaleza y he estado toda la mañana podando un arbolito, o más bien un arbusto enorme, y recogiendo las hojas secas de los alrededores. Creo que me lo ha agradecido.

Os deseo Felices Fiestas a todos.


viernes, 11 de diciembre de 2020

Pequeños regalos que nos hace la vida

 

Hoy, un día después de la muerte de mi hermana y mientras mi familia vela su cuerpo en el tanatorio, han aparecido estos dos pajaritos en la puerta de casa. Uno estaba muerto, e incluso había una mancha de sangre cerca, y también en su pico. El otro, muy vivo y despierto, no se movía de allí, hasta el punto de que pude sacar esta foto muy de cerca sin que se asustara. Cuando ya me acerqué mucho más, se alejó unos metros, pero fue volver a entrar, cerrar la puerta de cristal, y verle acercarse de nuevo. Su mirada, el ojo visible, no parece ni triste ni alegre, el pajarito simplemente permanece ahí. 

No puedo dejar de verlo como un retrato simbólico de mi familia, como si esta imagen quisiera mostrarme la naturalidad de la muerte y lo que yo ya sé: lo necesario que es despedirse de los muertos. Como en mi caso no era posible, en su defecto he recibido el regalo de formar parte de este pequeño velatorio, de este duelo animal, y he tenido el honor de acompañar por unos momentos al indefenso pajarito junto a su muerto.

La naturaleza es generosa.


Adiós, hermana

 

Mi hermana murió ayer en Madrid, en un hospital y rodeada de personas que la querían. Tenía cáncer en el hígado, pulmón y huesos. Hasta hace poco se había mantenido bien con la quimioterapia, pero hace un par de días comenzó a empeorar, fue al hospital y todo se desencadenó muy rápido. La noche en la que comenzó a sentirse mal yo tuve un llanto inexplicable, profundo, de esos de los que se tienen rara vez y con los que da la sensación de que se echara algo por la boca, algo que subiera profundo desde las entrañas. Cuando me calmé un poco, llamé a otra de mis hermanas y le dije que nuestra hermana iba a morir en cualquier momento y que se hacía muy duro no poder estar allí. Ella dijo que no tenía por qué ser así, que podía durar meses. Yo le dije que creía que no. Y al día siguiente llamaron diciendo que estaba ingresada. No es que me enorgullezca de estas intuiciones, solo me hacen sentir bien porque para mí tienen un significado claro: existe la conexión entre las almas aunque sea a cientos de kilometros de distancia. 

La situación con el virus es aquí tan complicada que no me he animado a viajar. Tener un test negativo es una condición para volar, y el recibir un positivo, aunque fuera asintomático, significaría tener que quedarse allí quince días y perder el vuelo, o aquí, sin poder volar, y lo mismo. En estos tiempos hay que conformarse y aceptar la situación, aunque me hubiera gustado más que nunca estar cerca de mi familia en estos momentos.

A mí me ayuda mucho el pensar que es cosa de nuestra mente el juzgar la muerte como algo bueno o malo. Del mismo modo que no juzgamos la salida del sol cada día o los procesos de la naturaleza, la lluvia, las costumbres de los animales, etc., tampoco deberíamos juzgar la muerte, porque la muerte es también un proceso natural y, como todo, su cómo y su cuándo deben tener un sentido. Como suele suceder siempre, la humildad y la confianza son en estos casos las mejores aliadas. 



miércoles, 9 de diciembre de 2020

Lo mejor que uno puede hacer por el mundo

Lo mejor que una persona puede hacer por el mundo no es ofrecer su ayuda o realizar buenas obras. Por supuesto que todo eso es algo positivo, pero lo más fundamental y lo primordial que uno puede hacer por el mundo es sentirse bien consigo mismo. Esto, lejos de ser egoísta, es la base de cualquier actitud de generosidad. Si uno se siente bien y no se tortura, no vive una vida infeliz y no hace algo en lo que no cree, si no toma decisiones influenciado por las presiones ajenas, sino que elige conforme a sus criterios, entonces va a tener algo bueno de lo que los demas se van a beneficiar: su paz, su serenidad y su bienestar. 

lunes, 7 de diciembre de 2020

España ya no es mi país

 

España ya no es mi país. Los patriotas me despreciarán si leen esto, pero es la auténtica verdad. Sin tener nada en contra de sus gentes (al contrario, son amables y solidarias donde las haya) siempre me sentí allí como en el lugar equivocado. Aunque logré algunas cosas, principalmente sacar los estudios, en casi todos los demás aspectos de la vida fracasé estrepitosamente una y otra vez (trabajo, relaciones de pareja, relaciones sociales, maternidad...). Siempre tenía la sensación de no encajar, de haber caído allí por error, como un paracaidista que no pudo elegir bien su destino, sino que fue simplemente arrastrado por el viento. Por eso ahora, después de cinco años, sé que nunca voy a volver a vivir en España. De hecho, al llegar a Alemania, ya tuve la sensación de que moriría aqui. A veces, incluso tengo alguna pesadilla en la que estoy de nuevo en Madrid, con esa sensación tan angustiosa de estar en el sitio equivocado, y me despierto aliviada al ver que no es así. 

Para mí no es algo ni triste ni alegre, es una realidad. Si hubiera permanecido allí, el lugar donde llegué al mundo por primera vez se habría convertido en el lugar que habría terminado destruyéndome. Pero, a la vez, eso supone convivir con el dolor de estar lejos de los seres queridos. Y en las situaciones difíciles, cuando por ejemplo alguien está enfermo, hay que lidiar con la angustia y la preocupación. La enfermedad de alguien vivida de cerca es menos dolorosa que vivida de lejos, al igual que la muerte. Por mi experiencia sé que estar cerca de la persona que está a punto de morir ayuda a llevar mucho mejor el duelo. Presenciar el momento en que alguien muere, percibir la luz con la que se inunda el cuarto y sentir el ascenso del alma es un aprendizaje impagable que los que vivimos fuera nos perdemos muchas veces, así como el acompañar a la persona y darle nuestro amor en sus últimos momentos.

Pero, a decir verdad, en Alemania no he encontrado un éxito destacable o muchos amigos, sino que he encontrado la paz y he encontrado a Dios.




domingo, 6 de diciembre de 2020

Éxtasis

 

Algún día me gustaría que un neurólogo analizara mi cerebro, porque estoy segura de que encontraría algo anormal, por suerte en sentido positivo. Lo digo con modestia, pero los acontecimientos que tienen lugar en esa parte de mi cuerpo son extraordinarios. Y me siento muy afortunada por ello, pues sé que otras mentes, por desgracia, no son el paraiso con el que yo cuento a diario, sino "un mal barrio en el que habitar", término con el que describía el cantante Chester a su propia cabeza. Esto no ha sido así siempre, desde luego, por tanto no sé si esta peculiaridad proviene de los ejerccios de meditación o es algo que estaba ahí desde siempre y que esperó el momento, el país y la situación adecuada para ponerse en marcha. Porque en los primeros días en Alemania mi mente estuvo algo nublada y apagada, pero después, a partir de ahí, todo fue un ascenso.

Ahora, cuando medito, mi cerebro se inunda con la auténtica felicidad. A veces me pregunto si es Dios el que entra o es sencillamente la energía pura. Mi cabeza comienza entonces a girar de izquierda a derecha de manera automática, como en un auténtico éxtasis, como si fuera un péndulo regido por un eje central firme, el eje que es esa fuente de energía. Esto puede durar lo que yo desee. Puedo frenarlo cuando quiera, aunque no sin cierto esfuerzo, pues siempre cuesta frenar el bienestar. Y tras ese contacto o visita, de vuelta a la vida, viene el sentimiento de amor, la claridad mental absoluta, la ausencia de miedos, la visión de la realidad como algo absolutamente perfecto, los problemas convertidos en desafíos -a veces incluso recibo visiones de acontecimientos que después se cumplen-, y la sensación de que no necesito absolutamente nada para ser feliz -solo una silla, quizá un cuarto no demasiado frío-, porque la felicidad es y proviene de ese estado. A mí me parece algo increíble. A veces me pregunto si los éxtasis que vivía Santa Teresa eran de este tipo. Aunque las descripciones que ella hace en sus textos cuadran en cierto modo con lo que yo siento, nunca podré saberlo con seguridad. También pienso a veces en las personas que están en las cárceles, porque allí, en sus reducidas celdas, también tendrían la posibilidad de ser felices. Estoy segura de que este Dios o esta energía no hace distinciones entre buenos y malos, no juzga el pasado, no castiga. Únicamente sana.

Después de semejantes estados nunca dejo de dar las gracias y de desear que todos los seres de esta tierra alcancen algo así, lo vivan y lo disfruten; que predispongan sus mentes para que pueda entrar este Dios, esta energía, este regalo.



 

viernes, 4 de diciembre de 2020

Los juicios

 

Hace unos días tuve que comprarme una nueva Biblia. La mía había quedado en España y la echaba de menos. Así que, cuando me llegó, hice lo que cuenta San Agustín en sus Confesiones que hizo poco antes de su conversión: abrí la Biblia por cualquier lado y leí. Y, curiosamente, en ese libro sabio donde los haya, di justo con la parte en la que unos hombres se dirigen a Jesús para comunicarle que cierta mujer había sido adúltera y que querían apedrearla. Entonces es cuando Jesús les contesta con esa famosa frase: "el que esté libre de pecado que tire la primera piedra". Ese fue el primer texto en el caí casualmente al abrir las páginas de mi nueva Biblia.

Y, curiosamente, un par de días después, yo he sido también juzgada, aunque no por adúltera, sino por otros motivos que no vienen al caso. Y aunque no me afecta porque desde hace mucho tiempo he reflexionado a fondo sobre lo que significa juzgar y lo absurdo que es hacerlo, no puedo evitar volver a sorprenderme de que haya gente que lo siga haciendo, y que no haya comprendido que toda acción, de cualquiera, tiene siempre unos motivos ocultos que, a los que no somos esa persona, nos es imposible comprender. Para mí esto es una ley sagrada, y es lo que hace que sienta un profundo  respeto hacia las decisiones ajenas, que incluso las apoye aunque muchas veces no me parezcan las mejores, y que mire los actos injustos, crueles o aberrantes -los que perjudican a un tercero- con lástima y con pesar, pero no con rencor u odio contra los que los ejecutan. Es como si me diera cuenta de que fueron víctimas de su voluntad, y que esa voluntad está por encima de nosotros. En todos los casos, yo soy consciente que no está a mi alcance comprender los motivos. 

La vida transcurre y transcurre a su manera, y nuestra voluntad -la de cada uno- tiene raíces profundas en el auténtico Misterio, raíces que son el mecanismo por el que la vida y sus acontecimientos son así como son y no de otra manera. Voluntad y acontecimientos están en conexión. Y eso es algo por lo que, al menos yo, siento un profundo respeto, una distancia, la necesidad de algo así como una continua reverencia, algo que nunca me atrevería a perturbar. Frente a las decisiones ajenas que no dañan a un tercero suelo comportarme como lo haría si caminara cerca un bebé que duerme, muy cuidadosamente, muy cautelosamente para no interferir. Frente las que dañan a un tercero en el presente y pueden evitarse, lucho y me coloco del lado de la víctima. Y frente a las que dañaron a un tercero en el pasado, ni hago criticas ni juzgo, pues ya no tienen solución posible y sé que los motivos nunca estarán a mi alcance.

Y, saltando del nivel de las decisiones humanas a los acontecimientos de la vida, creo que juzgar esos acontecimientos ya sería el colmo de los colmos.

 

domingo, 29 de noviembre de 2020

Dos vacíos equiparables

 

Me he propuesto disfrutar cada segundo de la vida y extender el estado de la meditación a los diferentes momentos de la jornada. Eso incluye disfrutar de cada cosa que hago con esa calma, esa serenidad que da el estar al cien por cien en lo que se hace, en sentir cada movimiento del cuerpo, cada pensamiento, cada emoción. Y también, y parecerá una tontería, eso incluye comer menos. Porque comer poco pero disfrutando es la manera más efectiva de exteriorizar, como si se tratara de un símbolo, esa otra manera de estar en el mundo.

Cuando vivimos nerviosos, estresados, ansiosos, etc., es como si ingiriéramos mucho al mismo tiempo, sin ser conscientes, sin sentir lo que ingerimos. En este caso no se trata de comida, pero sí de información, hechos, acciones, movimientos, obsesiones, pensamientos, etc. Nuestra vida es un caos y no podemos ser felices. Comer demasiado es lo mismo, después nos sentimos extragados, incómodos, pesados. Comiendo poco, cada bocado que se ingiere tiene un valor especial, se saborea y se aprecia más. Y esa ligera sensación de hambre que queda después de una comida frugal, el rastro que deja en nuestro cuerpo el habernos saciado solo hasta la mitad, es la sensación que nos debe quedar también al vivir de esa otra manera, conscientes de cada segundo. Es la sensación del espacio libre para lo que venga, el hueco siempre disponible para cualquier acontecimiento favorable o desfavorable, la aceptación plena de la vida y el deseo de acoger una nueva realidad siempre a la vuelta de la esquina. El hueco de la mente y el hueco del estómago se corresponden.

Creo que es incompatible una vida en paz y serenidad con un estómago extremadamente lleno. El vacío del estómago es equiparable al vacío de la mente. Ambos son necesarios y entre ambos existe una estrecha relación.


domingo, 22 de noviembre de 2020

Y José Aguiar descolgó a Cristo (nueva novela)

Ya está aquí, bueno, en Amazon.
 

Hace unos meses terminé una novela que se titula "Y José Aguiar descolgó a Cristo". José Aguiar era mi abuelo, pintor y muralista canario que dejó bastante obra tras su muerte, tanto en cuadros como en murales en diversas iglesias, ayuntamientos, etc. Aunque no se trata de una biografía, sino de una novela con su nudo y su desenlace, sí que tiene algún aspecto biográfico contado por su nieta, pero no de los que se encuentran en las biografías, sino de los otros. Se trata de algo así como una experiencia sobrenatural de la que mejor no hablar demasiado, para no destriparla. Yo estoy muy contenta con ella.
Como me considero un poco anárquica, impaciente y algo asocial, no me he puesto a buscar una editorial, como suele hacer la gente, sino que la he publicado en Amazon, como siempre, porque es rápido, sencillo y eficiente. Tengo muchas ganas de que la lea sobre todo mi familia, que al estar lejos, es una manera de comunicarme con ellos. Pero también los amigos y los lectores anónimos, claro, si es que os apetece. Os dejo el enlace AQUÍ (al Amazon de España, aunque esta en los Amazon de todos los países). La portada tiene un cuadro de mi abuelo. Gracias.


martes, 17 de noviembre de 2020

Próxima novela

 

En breve publicaré "Y José Aguiar descolgó a Cristo", una novela que terminé de escribir hace unos meses y que, sin ser una biografía, tiene como protagonista a mi abuelo José Aguiar, pintor y muralista canario. Por decirlo de una manera muy breve, la novela relata una experiencia sobrenatural que transcurre entre Alemania y España. 

Daré noticias! 

jueves, 12 de noviembre de 2020

La palmera

 

Tengo una palmera en el salón que ha crecido hasta el techo y, como no tiene más espacio, ha empezado a curvar su tronco hasta el punto de parecer una de esas lámparas de pie con forma de arco que se ven en algunas ftografías de decoración. Algunas veces, la maceta se vence por el peso y la palmera aparece atravesada en toda la superficie, de un lado a otro de la habitación, con el peligro de romper algo debido a su peso. En su última caída, las hojas puntiagudas se apoyaban sobre el televisor y el tronco yacía sobre la mesa de madera, hasta que la coloqué de nuevo en su posición vertical. Uso piedras para equilibrar la maceta, pero no siempre funciona. 

Es angustioso verla así, sin duda tiene que estar sufriendo. Su imagen me trae el recuerdo de las mujeres chinas y sus pies vendados para que no crezcan. Cortarla por la parte superior no es una solución, porque necesita sus hojas para respirar. ¿Qué hacer entonces con ella?

Es obvio que la voluntad de la palmera es ir hacia arriba, hacia el cielo, y no puedo evitar imaginarme cómo estaría en un espacio abierto, erguida, orgullosa, exuberante como son todas las palmeras. Pero eso aquí no es posible. Fuera duraría muy poco tiempo viva, las temperaturas son muy bajas, especialmente de noche, y solo debido a la calefacción ha sobrevivido y crecido todo este tiempo. Jamás he visto una palmera en el exterior por estos lugares.

Justo encima del salón se encuentra la habitación en la que escribo. La palmera está exactamente debajo de donde yo me siento en este instante. A veces imagino que, provista de una fuerza sobrenatural fruto de la rabia y la represión, la palmera atraviesa el techo de una vez por todas y aparece entre mis pies, con sus hojas puntiagudas haciéndome cosquillas y pinchándome en las pantorrillas. Y yo la dejo crecer y convivimos sin problema alguno, incluso atraviesa también el escritorio y el ordenador. Y cada vez que quiero escribir, tengo que hacerme hueco entre sus hojas, como en una selva, para encontrar el teclado.

Yo no metí esa palmera en casa, pero quien lo hizo no sabía realmente lo que hacía. Si hubiera una Sociedad Protectora de Palmeras, ya estaríamos los dos en la cárcel.    

 




 

viernes, 6 de noviembre de 2020

La Luna

 

Qué curioso es esto de la Luna. Los antiguos poetas la hicieron suya, la cantaban, la elogiaban, le dedicaban discursos. Generalmente hablaban de su belleza, de su apariencia, de los sentimientos que les transmitía; sin embargo, no se referían demasiado al influjo que ejercía en ellos. Posiblemente porque, en realidad, la Luna siempre ha sido más nuestra que de nadie. De las mujeres, quiero decir. Nuestros ciclos están paralelamente alineados con los suyos, somos algo así como sus preferidas marionetas. Observando nuestro cuerpo y nuestra mente, podemos descubrir los hilos. No falla, aunque para eso tenemos que vivir conectadas con el Universo, en armonía con el presente y con la realidad. Somos algo así como sus esclavas -o servidoras, según se mire- y es difícil escapar a sus efectos. Aunque La luna esté a miles de kilómetros de distancia, la influencia sigue ahí, intensa y permanente. Quizá entonces los hombres que cantaban a la Luna cantaban indirectamente a las mujeres, que son su vivo reflejo y actúan según su estado: como si le cantaran a nuestro jefe por habernos dado la oportunidad de ser lo que somos. 

Pero si la Luna rige en buena medida la vida de las mujeres, me pregunto entonces qué es lo que rige la vida de los hombres.  


lunes, 2 de noviembre de 2020

Julio C. Armero San José o el retrato del sabio (in Memoriam)


Esta noche soñé con el profesor Julio Armero. En el sueño manteníamos una conversación en la cafetería de la UNED y él exponía una brillante teoría sobre los colores tan fascinante y original, que yo me veía obligada a ofrecerle que la pusiera en un libro por escrito. Él aportaría el valioso contenido y yo revisaría la parte poética y la belleza de las expresiones que él, a menudo inmerso en un lenguaje demasiado técnico, se olvidaba de cuidar. 
 
Después me desperté. Era muy temprano y permanecí en la cama unos minutos preguntándome sobre ese extraño sueño, por qué hoy, por qué él, por qué la anticuada idea de la teoría de los colores. Quizá mi inconsciente comparaba al querido y admirado profesor nada más y nada menos que con Goethe, pensé divertida. Calculé que hacía más o menos un año que había recibido con gran tristeza la noticia de su muerte y supe que tenía que escribir algo sobre él, algo que el año pasado, demasiado impactada y sobrecogida por la noticia, no fui capaz de hacer. Se lo debía y me lo debía. Me levanté entonces como empujada por un abismo, me vestí en silencio, fui al baño y me lavé la cara y me peiné mientras la lluvia golpeaba fuerte contra cristal de la ventana. Supe que íbamos a tener un nuevo día gris en esta Alemania húmeda y ahora también virulenta, pero no tan diferente a los días grises de la Sierra de Madrid, donde Julio Armero, y casualmente yo también, vivíamos en aquella época. El clima de hoy iba a ser mi aliado, me iba a facilitar la tarea de trasladarme a una de las etapas más enriquecedoras e inolvidables de mi vida. 
 
El profesor Julio Armero era una pieza única, un ejemplar raro casi propio de coleccionistas, como un sello agotado de una belleza ejemplar que se mantiene con discreción dentro de un álbum. No era dado a hablar en público y se mantuvo siempre fuera del mundo de las conferencias y los debates públicos, quizá alguien le dijo que no era lo suyo o lo decidió él mismo, pero estoy segura de que los alumnos que tuvimos la suerte de poder conversar con él y de escuchar su manera de pensar y de compartir sus conocimientos, quedamos estremecidos ante un cerebro tan bien pulido, una auténtica obra de relojería que él alimentaba mal, por desgracia. A menudo le vi sacar de un táper un sándwich elaborado con un pan de molde plasticoso y blanco como la nieve, y acompañarlo con una lata de Coca-Cola. Y recuerdo haber pensado: “Dios mío, qué alimento es ese para un cerebro como el suyo”. Su mujer había muerto repentinamente hacía muchos años —tal como él me contó, sin dejarle la posibilidad de despedirse—, y ese hecho había favorecido, creo, que descuidara ligeramente sus hábitos. A pesar de todo, su cerebro se mantenía en perfecta forma. 
 
Cuando yo todavía era una estudiante, conversamos algunas veces sobre Filosofía de la Mente en la cafetería de la Universidad. Él disfrutaba del trato con los alumnos y les ayudaba gustosamente, como si el hecho de haberse visto obligado a ser padre y madre a la vez de su única hija le hubiera dado esa habilidad para comprender y cuidar de los que estaban a su cargo. Era generoso y ponía a disposición del oyente su arsenal de conocimientos. Había leído de todo, también poesía y literatura, y en absoluto se había limitado a lo que tenía que ver con su materia. Aún recuerdo su mirada fija, pero a la vez concentrada en la elaboración de su discurso, y su manía constante de levantar la mano y de apretarse las gafas contra la nariz, mientras daba la sensación de rebañar hasta el último resquicio de su cerebro, como quien rebaña un tarro de mermelada con la buena voluntad de no desaprovechar nada.
 
La claridad y la riqueza de los conocimientos que transmitía me hizo sentir el deber de promover que más amantes de la filosofía disfrutaran y participaran de aquella fiesta del saber. Por eso le invité a una tertulia que teníamos una vez al mes, siempre el segundo sábado, y él tuvo la enorme generosidad de aceptar. Nos permitieron reunirnos en una de las salas del Ateneo de Madrid y fue una mañana histórica que no olvidaré jamás. Su "charla" —como a él le gustaba llamarla, y nunca "discurso" o "conferencia"— trató los temas más importantes de la Filosofía de la Mente con una sencillez y una claridad que dejó sin aliento a los oyentes por más de una hora. No se oía nada, todos estaban inmersos en ese mundo que solo el profesor Armero era capaz de construir. Al final, amistoso y siempre cercano, aceptó nuestra invitación a comer en un restaurante. Era modesto y muy humilde, y aseguraba que a él le interesaba dialogar y no soltar un discurso. 
 
Aparte de la Filosofía, le fascinaba El Quijote, al que siempre volvía, y el mundo griego en toda su extensión. Tenía gustos raros e intereses fuera de lo común, como la literatura persa o los haikus japoneses, y en cuanto a la Filosofía de la Ciencia, no era raro que un día compartiera sus nuevas inquietudes sobre el descubrimiento más insólito y extravagante de la Antigüedad. La investigación era su vida y le llenaba plenamente, le hacía feliz. No creía en nada que no hubiera comprobado por sus propios medios, y no se conformaba con las sentencias injustificadas por más que vinieran de los profesionales más prestigiosos. Incluso fue capaz de percatarse y dar cuenta de un falso diagnóstico médico que había recibido tras hacer sus propios estudios e indagaciones, siempre meticuloso e incansable, en el campo de la anatomía y la patología. No había materia que se le resistiera. También se había permitido alguna vez escribir sus propios versos, siempre con rima y matemáticamente perfectos en cuanto a la métrica, llenos de humor y perspicacia, que compartía de buena gana con los que también amábamos la literatura. Además, era un admirador incondicional de Quevedo.
 
El mundo religioso y los asuntos de la fe le interesaban mucho, pero solo como fenómenos mentales. Respetaba cualquier creencia en algún Dios, pero no la compartía en absoluto. Era un ilustrado en toda regla y, si tuviera que señalar algo que le faltara, tendría que ser en esa línea: era un hombre con los dos pies en la tierra, donde lo místico y lo sobrenatural no tenían hueco en su vida. Con todo, era un ser humano íntegro, con una excepcional inteligencia y una curiosidad sin límites. Para mí, el auténtico retrato del sabio, un ejemplar de los que ya apenas existen. 
 
Tras su muerte, dejó a sus amigos y familiares el intenso dolor de la pérdida; a sus alumnos, un vacío y una lamentable carencia; y al mundo, sus monografías, sus artículos y su libro sobre Filosofía de la Ciencia, manual universitario que sin duda seguirá vigente mucho tiempo. 


domingo, 25 de octubre de 2020

El milagro ha vuelto a suceder

 

Ya está, por fin ha sucedido el milagro. He arrancado con una nueva novela en español y ya fluye a su ritmo, va desbrozando sus propios huecos. Llevaba ya tiempo dándole vueltas a un tema, a la historia, a los personajes. Había esbozado varios comienzos sin que las raíces terminaran de asentarse. Pero hace ya un par de días, uno de esos comienzos empezó a crecer, a desplegarse, a hacerse fuerte. Y yo, ya convertida en esclava de los hechos y de las palabras (así debe suceder para mí cuando una historia nace), escribo y escribo casi como en un dictado, soy la mera intérprete de esa historia que quiere vivir, que quiere ser historia. 

Para mí, esa es la clave: solo cuando una historia tira de ti y no tú de ella, significa que es una buena historia y que merece llegar a este mundo.


sábado, 17 de octubre de 2020

Hablemos de R. M. Rilke

 



Yo siempre había pensado que exageraban, y mucho,  aquellos que decían que los poemas traducidos perdían simpre, y bastante, con la traducción. Estaba convencida de que, mientras el contenido del poema se mantuviera más o menos intacto, no tenía por qué haber una gran pérdida. Pensar así es un gran error, y puedo dar fe ahora que soy capaz de leer a Rilke en su lengua original. El poema Herbsttag (Día de otoño) es un buen ejemplo. 

Primero está el ritmo y el tono del poema, que es delicioso y melódico cuando se lee en voz alta. Parece que las palabras estuvieran tan bien encajadas como en un puzzle. Pero, además, hay palabras que son de difícil traducción y conceptos que, solo desde una determinada cultura, se pueden ver de una determinada manera.

Como el poema no es demasiado difícil, voy a hacer mi propia traducción (debajo dejo el original), y así mostrar después muy brevemente algunas de esas dificultades que se presentan.

 

Día de otoño

Señor, es la hora.
El verano fue grandioso.
Posa tu sombra sobre los relojes de sol
y en las campiñas deja correr el viento.

Ordena a las últimos frutos que maduren;
dales todavía dos días más cálidos,
acúciales a su término e impulsa
la última dulzura en los cargados viñedos.

El que ahora no tenga hogar, ya no lo construirá.
El que ahora esté solo, así permanecerá largo tiempo,
estará alerta, leerá, escribirá largas cartas,
caminará por las avenidas aquí y allá, intranquilo
cuando las hojas se muevan. 


Herbsttag


Herr, es ist Zeit. Der Sommer war sehr groß.
Leg deinen Schatten auf die Sonnenuhren,
und auf den Fluren lass die Winde los.

Befiehl den letzten Früchten, voll zu sein;
gib ihnen noch zwei südlichere Tage,
dränge sie zur Vollendung hin, und jage
die letzte Süße in den schweren Wein.

Wer jetzt kein Haus hat, baut sich keines mehr.
Wer jetzt allein ist, wird es lange bleiben,
wird wachen, lesen, lange Briefe schreiben
und wird in den Alleen hin und her
unruhig wandern, wenn die Blätter treiben.

De antemano ya se ve que el ritmo y la rima se pierden, y eso es algo lamentable. Además, es evidente que el concepto de "día de otoño" no es igual en un clima que en otro. Pero esto no es demasiado importante, porque en este caso, el otoño puede verse aquí también como "el otoño de la vida", el tiempo de la madurez hacia la vejez, y eso es algo universal, que todas las culturas entienden de la misma manera. Más complejidad supone, por ejemplo, el "zwei südlichere Tage". La traducción literal sería "dos días más sureños", es decir, más calurosos, más cálidos, pero escribir algo así en una traducción quedaría feo, nadie se refiere a dos días más calurosos como "dos días más sureños". Pero en alemán ese "südlichere Tage" aporta un toque nostálgico, como de otras tierras, del querido sur que tan lejos de aquí queda. Y eso le da mucha fuerza y encanto al poema.

Hay algún concepto más que presenta un problema parecido, pero ya no lo voy a mencionar porque no es ese el objetivo. Solo puedo decir que Rilke es delicioso en su propia lengua y que yo estaba muy equivocada respecto a las traducciones.